Este año 2003, uno de los acontecimientos más insignes para la escena española, la ceremonia de los premios Max, se ha visto apartada, vilipendiada, censurada, olvidada y obviada por los medios de comunicación y difusión oficiales de un país escorado a la derecha más intolerante e insensible desde los tiempos del hundimiento del oxidado y rancio buque de la dictadura. Un hecho que remueve las vísceras de cualquier ser preocupado por la libertad de expresión más incuestionable en los aburguesados tiempos que vivimos. Una situación insultante para muchos y, en cambio, irrelevante para una mayoría absoluta que se vanagloria ilusoriamente de poseer un status quo de primer orden mundial al tiempo que da la espalda a una minoría de intelectuales y artistas que son la base misma de la evolución cultural y espiritual de la sociedad, aunque sean incapaces o se nieguen a aceptar esto último. No quiero ni pretendo hacer de este apartado un espacio para la denuncia, aunque bien pensado, por qué no. Prefiero narraros algunos de los momentos irrepetibles que tuvimos la enorme suerte de gozar unos pocos, todos los participantes y asistentes a esta ceremonia de los que dan sentido al hecho teatral en todas y cada una de sus vertientes y que la mediocridad, otra vez la dichosa mediocridad, se ha negado a divulgar.
Vigo nos acogió con un día lejano al tópico establecido acerca de la meteorología gallega, pues el sol, radiante como él solo sabe serlo, se alzaba arrogante en todo su esplendor sobre la ría; una de esas rías maltratadas por el infortunio de los elementos y los desatinos políticos... Así se presentó esta hermosa ciudad la mañana del sábado tres de mayo, dando una luminosa bienvenida a los artistas que iban cayendo poco a poco desde el cielo de la incertidumbre. Por si fuera poco un comité de bienvenida de lujo compuesto por Ana Gelín, Liliana Román y Carlos Montalvo esperaban en el hotel para informarme de los últimos acontecimientos y acompañarme hasta el teatro con el fin de ojear el lugar del evento y presentarme ante el director de la gala, Ramón Oller, ya que este año la Gala iba a estar dedicada al mundo de la Danza... ¡Ya era hora! No tenía el gusto de conocer a Ramón aunque tenemos una amiga en común, Elena Vilaplana, que fue otra de las culpables de que nosotros nos encontráramos allí... ¡Gracias, y mil veces gracias, Elena! El caso es que en la gala confluimos muchos amigos y compañeros de profesión, entre ellos, mi querida Elena que presentaba un premio junto con Berta Ojea.
La primera noche, tras degustar una de las mejores sopas de marisco que he tomado nunca, nos dieron las tantas de la madrugada, a pesar del patente cansancio, en el vestíbulo escaparate del hotel hablando y riendo con las experiencias surrealistas de Ramón y Marina Rosell en Sudamérica... todo un privilegio. A la mañana siguiente, llegaron Mariano, Maria Pujalte y Angel Burgos. Para celebrarlo nos fuimos a comer juntos después de hacernos una preciosa foto en la habitación de María en la cual una de las paredes portaba un impresionante cuadro mural donde se apreciaba una vista panorámica de un eclipse solar... conmovedor. Por la tarde nos aguardaba una larga jornada de ensayos en la que tuvimos oportunidad de compartir muchos ratitos inolvidables con los participantes de la Gala: Carmen Conesa, Rossy de Palma, Julieta Serrano, Joan Vives, Sergio Pazos... y los fascinantes bailarines de la compañía Metro, entre otros muchos.
La Gala comenzó algo más tarde por motivos técnicos, al parecer por falta de suministro eléctrico suficiente... ¿Estaría Fraga detrás de todo esto? No seáis mal pensados; no es políticamente correcto. Una vez superado el apuro, la gala empezó y concluyó sin problemas, con instantes memorables como el espontáneo comunicado a favor de la libertad de expresión que desembocó en vítores y clamores a Nunca Mais, el merecido premio a nuestro incombustible y comprometido Juan Margallo, el emocionante premio a Maru Valdivieso a la mejor actriz de reparto o el elegante y crítico discurso de uno de los ganadores de la noche, Josep María Flotats. Conforme iba transcurriendo la velada, iba aumentando mi impresión de que lo que estábamos viviendo era único, que éramos unos privilegiados, que formábamos parte de una familia con sus max y sus menos pero con un ideal en común, la ilusión y el amor a nuestro trabajo... y a la cerveza de los camerinos, que es muy diurética.
En el ágape que se ofreció en las salas del teatro de Vigo tuvimos la oportunidad de conocer y charlar con profesionales que nos hicieron sentir abrumados con tanto elogio. La noche era joven, aunque eran ya las dos de la madrugada pero el éxito produce insomnio y una necesidad brutal de querer a tus amigos... y de bailar... y de reír, como lo hicimos con Rafael Amargo recordando tiempos pasados cuando nos conocimos.
A la mañana siguiente, en el aeropuerto, entre la resaca del éxito y el sueño, no podía dejar de pensar en el carácter efímero de este tipo de eventos y de éste en particular. Hay pocas oportunidades, por no decir ninguna, de mostrar en los medios de masas las actividades teatrales del país desde la pluralidad. Los Premios Max se han convertido en una de esas oportunidades, por no decir la única. Fueron muchos actores, taquilleras, luminotécnicos, cantantes, regidores, compositores, figurinistas, productores, acomodadores, maquilladores, directores, maquinistas, limpiadoras, sonorizadores, escritores, costureras, bailarines, técnicos, escenógrafos, coreógrafos, peluqueros, distribuidores, músicos y público de teatro los que no pudieron asistir a la fiesta del teatro y a los que se les vedó que pudieran hacerlo a través del televisor. Más, a pesar de todo, no reflexionaba con acritud, ni siquiera con tristeza, aunque no conseguía despojarme de cierta indignación por los hechos que rodearon esta gala, sino con la esperanza de que nunca más vuelva a ocurrir un recorte tan ostensible de los derechos democráticos. Me metí en el avión con la confianza de que no volviera a suceder nunca mais, nunca, por favor, nunca.