Hace unos cuatro años, justamente cuando nació la hija de Mariano, mi ahijada Carmen, permanecimos en el teatro del mercado de Zaragoza durante una temporada de diecisiete funciones repartidas de martes a domingo, exactamente igual que este año, salvo con la diferencia de que esta vez hemos llenado la sala casi todos los días y entonces la media de asistencia estaba en torno a los cuarenta espectadores diarios, con un poco de suerte. Desde el momento en el que supimos que formaríamos parte de la programación del teatro del mercado, nos invadió un profundo sentimiento de escepticismo respecto a nuestro éxito y capacidad de atraer al público a esta sala maña, difícil de llenar. Pero una vez más, el destino nos muestra para bien o para mal que es inescrutable y siempre, sorprendente. Nosotros no solemos atribuirlo a méritos propios, aunque sería del genero tonto no considerar que el espectáculo lo merece, pero aún así la vida nos ha ensañado que hay cosas que no dependen directamente de uno. Sea por la razón que sea todo fue viento en popa y a toda vela desde el día del estreno, donde hubo más gente que butacas, hasta la última semana, en la cual la afluencia de público fue envidiable y nunca me cansaré de decirlo, asombrosa.
Por lo demás, estar en Zaragoza da gusto, el carácter de los maños es afable y familiar, haciéndote sentir como en tu casa. Hay que decir que la capital aragonesa está muy vinculada a nuestras vidas por muchos motivos, Paz, la otra pareja de Mariano, la que también sufre sus ronquidos, es de allí. Podemos decir que compartimos al mismo hombre pero en diferentes vertientes, por suerte. Gracias a esta circunstancia nos beneficiamos de estar rodeados de familiares y amigos en todo momento que hicieron que nuestra estancia fuera mucho más llevadera. Zaragoza también me hace evocar mi infancia, cuando me llevaron por primera vez en procesión a visitar la basílica del Pilar desde mi “pueblo” natal, Pamplona. De aquel día doce de octubre guardo dos recuerdos: una foto junto a la Virgen del Pilar disfrazado de los años setenta y una cicatriz de cuatro puntos de sutura en la frente, perpetrada por una de las innumerables criaturas que viven de los despojos y los detritos humanos, llamadas palomas o ratas voladoras, que seguramente engulló algún resto de pastelillo borracho demasiado empapado en alcohol y no controló el aterrizaje — comprenda el lector que mi animadversión hacia estos animalillos de Dios es producto de este trauma infantil aun sin resolver. Eso, junto con los estragos que ocasionan en los monumentos y la película “los pájaros” de Hitchock, no son muy buenas referencias para que los tenga en muy buena estima. Aun así, las tolero; o mejor dicho: las sorteo.
Fijamos nuestra residencia muy cerca de la calle del Temple; una calle conocida por estar atestada de bares y pubs nocturnos a los que se les acusa de ser los responsables de la contaminación sonora y mingitoria de la zona. De hecho, coincidimos con movilizaciones en contra de una ordenanza municipal que obligaba a cerrar los bares a las tres de la madrugada en lugar de hacerlo a las cinco o seis como de costumbre. Dichas manifestaciones fueron convocadas por diversos colectivos y los propios empresarios de los bares a través de carteles que empapelaron media ciudad con el eslogan: “que no cambien tu estilo de vida, manifiéstate”. Y la gente, acudió, se manifestó por las calles, dieron por saco toda la noche. Los propietarios de los establecimientos de aborregamiento alcohólico entregaron pitos y silbatos instándoles a usarlos como estrategia de protesta. Una muestra más de cómo funcionamos en este país, ¿qué no me dejan hacer lo que me da la gana? Pues que se joda el vecino... lo cual no deja de ser paradójico porque el vecino ya estaba bastante jodido de aguantar los voceríos y jaranas noctívagas. A mí me parece muy bien que la gente se lo pase bien, yo soy joven, me gusta ir a los bares de vez en cuando, pero ¿es necesario molestar, gritar, romper botellas en el portal de tu casa, cantar por las calles desafinando como perras lobas heridas de muerte...? Creo que no... pasárselo bien no tiene nada que ver con todo eso, lo siento. A no ser que el goce lo encuentren precisamente en ese sentimiento sádico y destructivo, en esa inconsciencia y mala educación cada vez más imperante en nuestra sociedad actual. Como decía el hermano de Paz, José Vicente, lo jocosamente indignante es que la muchedumbre se manifieste, a la voz de “que no cambien tu estilo de vida”, ante esta circunstancia banal y no por la subida de los precios, el precio del suelo o la imposibilidad de comprarse un piso aunque nuestro presidente diga lo contrario. Además. ¿qué pasa con el estilo de vida de los vecinos que viven junto a esas calles?
El asunto tiene miga, y lo peor es que ninguno de nosotros pudo conciliar el sueño hasta bien transcurridas las seis de la madrugada. Al día siguiente no teníamos el útero para fiestas. Menos mal que al llegar al teatro y encontrarnos con un cartelito en la taquilla donde se anunciaba que las entradas para esa noche estaban agotadas, se disipó el menor atisbo de irritación, aunque el cansancio y la falta de sueño se hicieron notar en escena.
La temporada fue un éxito sin precedentes, según nos hicieron saber los responsables de la sala, de quienes guardamos un buen recuerdo y estamos muy agradecidos por el trato que recibimos de ellos. Por fin nos quitamos la espinita que teníamos clavada y los malos presagios fueron solo una broma cariñosa y malvada de la providencia. Y eso que pensamos que lo íbamos a tener difícil por llamarnos como nos llamamos, QuésQuísPás, un nombre que reconocemos difícil por sus reminiscencias francesas y que puede despertar algún tipo de recelo en una ciudad donde se cantaban jotas como: “la virgen del Pilar dice, que no quiere ser francesa”... pero gracias a la historia, de esto hace ya casi dos siglos.