De Arucas a Gran Tarajal

Hay dos maneras de que a uno le alegren el día: la primera es que te salga un bolo, una función... y la segunda es que sea en las Islas Canarias. Es cierto; a pesar de los madrugones para coger el avión, del cambio de hora, de la aversión de Mariano y Raúl hacia estos endemoniados aparatos y de las lluvias torrenciales que acaban con barrios enteros, es un placer visitar las islas de vez en cuando y reencontrarse con gente maravillosa... empezando por Israel, Unai, Dania, que saben cuidar al máximo los detalles, y terminando por el mismísimo público... un público receptivo, agradecido y caluroso como no hay igual.



Angel e Israel en un chiringuito de Fuerteventura, junto al hotel Alemán.
 

Nada más llegar nos dirigimos al hotel para acomodarnos pero la recepcionista nos invitó amablemente a dar un paseo por Las Palmas mientras terminaban de arreglar nuestra habitación; eran las doce y media de la mañana. De camino al casco antiguo, donde se encuentra la catedral, rodeada por caserones y palacetes de los siglos XVI, XVII y XVIII, con patios columnizados y jardines interiores, Mariano se encontró por casualidad con unos amigos suyos de tropelías a los que tiene un gran afecto. Mario y Pepa, nos invitaron a comer a un restaurante regentado por un cocinero de Huesca, amigo suyo, en el que degustamos un arroz negro, muy negro por cierto, extraordinario. Gracias.



Unai, Angel, Claudio y otros amigos en el restaurante de Las Palmas.
 

Por la tarde, y después de haber intentado echar la siesta en un hotel plagado de zangolotinos adolescentes relinchando de lujuria, que se encontraban en las Palmas para disputarse algún trofeo relacionado con las artes marciales — al menos eso pensamos cuando los vimos montarse en un autocar vestidos todos ellos con kimonos —, emprendimos nuestra marcha hacia Arucas, donde inaugurábamos el festival de teatro que lleva su nombre. Presentábamos “Con la Gloria bajo el brazo”, aunque el cartel que se anunciaba en el programa era el de “Canciones Animadas” y el texto del mismo programa de “101 años de cine” ¿...? Anécdotas a parte, que no tienen más importancia que lo que tiene, la función fue de maravilla.



El otro ala de la mesa, presidido por Mariano y Roberta en el centro. Al fondo, ¡¿la biblioteca?!
 

Para reponer fuerzas, nos fuimos a cenar con unos amigos a un restaurante de Las Palmas. La cena fue digna de una comedia televisiva, que tanto están de moda ahora, salvo que con mucha más gracia. Roberta y Claudio, nos hicieron reír hasta la indigestión con su talento y agilidad para improvisar historias y diálogos, que parten bien de su imaginación o de hechos reales, con una frescura tan brillante que no puedes evitar pensar, que el mundo entero debería conocerles. Fue poco tiempo el que pudimos disfrutar de su compañía, pero intenso. Debíamos descansar si queríamos estar en plena forma al día siguiente en Fuerteventura.



Mariano en el aeropuerto de Fuerteventura, muy contento por el aterrizaje, como se puede apreciar. Si, va en cueros.
 

Llegar a Fuerteventura fue fácil, gracias a los aviones de hélices Binter Canarias, aunque el aterrizaje fue un poco brusco; tanto que a Raúl, le salieron dos pequeños bultos esféricos a la altura de los ganglios, se esfumó el ligero bronceado del rostro de Mariano y yo pegué un grito delator que intenté disimular emulando a Mónica Naranjo en cualquiera de sus... ¡¿canciones?! Sustos a parte, y una vez en tierra firme y segura como una compresa, siempre y cuando no llueva torrencialmente, nos dirigimos al hotel. Por el camino nos fijamos en la isla; un trozo de tierra flotante que nos mostraba resquicios de sus orígenes volcánicos, su desolado y árido paisaje, y su infalible futuro en el mundo del Golf. ¿De dónde sacarán el agua para regarlo... con lo que necesita un campo de golf con todo ese césped? Pero, ya se sabe, el turismo manda y sobre todo si es alemán. De hecho, nos hospedamos en un absurdo hotel alemán de aluvión. Un hotel donde si querías consumir cualquier cosa debías canjear el dinero en recepción por unos ticket que solo servían en el hotel... lo cual nos hizo pensar que no debían conocer la existencia del euro. Pero, bueno, ¿qué cabe pensar de un sitio que para ver la televisión durante unos minutos tienes que echar unas moneditas en un aparato contiguo donde las únicas cadenas que se ven son alemanas? Aunque, visto positivamente, me hizo reflexionar y llegué a la conclusión de que después de todo la televisión en España no es tan mala. Como dice el dicho: “Mal de muchos, consuelo de tontos”... o algo así.



Una de las hélices del avión en funcionamiento... creo.
 

Después de comer un pescado recién pescado, valga la redundancia, fuimos a conocer el teatro de Gran Tarajal. Un teatro recién estrenado, nuevo y bien acondicionado, por lo menos el suelo del escenario era negro y se podía clavar en él. Y es que en estos tiempos de ignorancia burguesa es muy normal que los nuevos o remodelados teatros de cualquier municipio dispongan de un escenario con un parqué tan brillante y pulido que no puedes clavar ni un clavo, y que decir de las luces... Un escenario con parqué es la pesadilla de todo luminotécnico... pero ¡y lo mono que queda! Bueno, observaciones aparte, ese no era el caso de el teatro de Gran Tarajal, un teatro cuidado y bien gestionado. Después de la función, marchamos al hotel y quisimos tomarnos una copita por los alrededores pero los alrededores estaban más muertos si cabe que el hotel... ¡Deutsland, Deutsland...! Decidimos tomarnos unas cervecitas en el hotel como de costumbre y hacer balance de la última jornada.



Momento de colocación del monumento al eterno jugador de golf en Fuerteventura.
 

De vuelta a Madrid, en el avión, mientras divisaba por la ventanilla el océano intermitentemente velado por los cirros-cúmulos (¡¡¡super-pedante, la poooobre!!!), pensaba: ¿por qué l@s azafat@s o auxiliares de vuelo dan la impresión de estar por encima de todo, si al fin y al cabo son camarer@s?... aunque, eso sí, de altos vuelos. La respuesta siempre la encuentro en ese conocido chiste de dos ratas que van por una alcantarilla cogidas del brazo y de pronto una de ellas saluda efusivamente a un murciélago que responde con una sonrisa mientras las sobrevuela. La otra rata extrañada y con gesto desaprobador le pregunta a su amiga: “¿Lo conoces?” y responde la otra rata, orgullosa: “Es mi novio... es piloto”.



Angel y Mariano probando sonido en el teatro de Gran Tarajal.
 


Ángel Ruiz,
QuésQuísPás